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Una selección de las mejores TED Talks

enero 29, 2011

Si en la entrada anterior enlazaba tres charlas con cierta similitud temática que me resultaron especialmente interesantes, aquí va un popurrí de intervenciones de TED Talks sin más nexo en común que merecer la pena ser vistas. Unas son divertidas, otras didácticas y otras un poco de ambas.

Dan Barber es un chef neoyorquino y asesor de Obama en nutrición que habla con mucha gracia sobre cómo se enamoró de un pez en un restaurante andaluz y de la piscifactoría sostenible de Veta la Palma, en la desembocadura del Guadalquivir.

Este es otro proyecto medioambiental a mayor escala realizado en Borneo por el biólogo Willie Smits. De origen holandés pero nacionalizado indonesio, parece un coronel Kurtz en versión bondadosa que inicialmente quiso establecer una reserva de primates en plena selva y poco a poco fue ampliando su control sobre el ecosistema de la isla hasta incluir también a sus habitantes y sus medios de producción agrícola, en un gigantesco proyecto de ingeniería del ecosistema. Espectacular.

James Cameron hablando de su afición por la ciencia-ficción, el mundo submarino y de cómo pilotando el robot a control remoto por dentro del Titanic se le ocurrió la idea de Avatar.

Del filósofo Sam Harris, sobre la necesidad de una moral universal. Recurre a ejemplos fáciles, pero es más interesante por las preguntas que se hace que por las respuestas (muy vagas) que ofrece.

Esta es de Temple Grandin, la autista que ha escrito un libro sobre su vida del que se ha hecho una película recientemente. Habla de autismo, educación, ciencia y sistemas de conducción para el ganado en las granjas. Todo ello simultáneamente y saltando de un tema a otro sin preocuparse demasiado porque la audiencia pueda seguir el hilo de su pensamiento. Definitivamente algo autista sí que es. Pero merece la pena verla, aunque sea por el traje de cowboy que lleva puesto.

Una conferencia sobre de donde provienen las grandes ideas a cargo de Steven Johnson. No de un genio solitario en su montaña sino de las cafeterías, de la interacción social. Está muy bien la historia que cuenta sobre cómo surgió el GPS.

Esta es sobre astronomía, geometría, retratos de científicos en sellos del mundo… y más cosas. A cargo de un actor y monologuista que imita muy bien las voces de extraterrestres (y de hecho fue quien le puso voz a Roger Rabbit). Hilarante, cojonuda y demencial, para verla varias veces.

Ésta es a cargo de un poeta, que habla de similitudes entre personajes históricos que mencionaron la expresión “a las cuatro de la mañana” en algún discurso, canción o libro. Muy ocurrente y elaborado.

Intervención a cargo de un publicista con bastante gracia, cuenta historias muy curiosas de cómo Federico el Grande puso de moda las patatas entre sus súbditos y de cómo se promocionaron unos cereales en Canadá.

Una charla del ilustre escéptico y divulgador científico Michael Shermer. Explica como nuestras mentes están hechas para buscar continuamente patrones en la realidad, a los que son erróneos se les llama supersticiones.

Y esto es todo, amigos. Otro día más.

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Sobre la felicidad sintética, el estatus y la dificultad de elegir

diciembre 19, 2010

Las TED talks  (acrónimo de Technology, Entertaiment, Desing) son intervenciones de unos 10 minutos sobre dichos temas generalmente a cargo de alguien que haya destacado en su campo. Se celebran en California y dado que la entrada a las jornadas cuesta al parecer 6.000 dólares, el público no deja ningún chiste sin reir, ponen cara de pensar cuando toca y jamás se verá a nadie sesteado al fondo de la sala.

Aunque predomina el contenido académico y científico, procuran exponerlo siempre en tono didáctico y con mucho sentido del humor. De hecho también hay intervenciones directamente a cargo de humoristas, músicos y poetas, una mezcla de ciencias y letras muy curiosa. Así que iré enlazando cada cierto tiempo aquellas que me resulten más interesantes o divertidas. De momento ahí van tres charlas con un nexo en común. En la parte de abajo están el botón para añadir subtítulos en castellano.

Libertad e insatisfacción

La primera es de Dan Gilbert, profesor de psicología por la Universidad de Harvard. Habla sobre las expectativas acerca del porvenir y cómo tendemos a sobrevalorar el impacto tanto de la fortuna como de la desgracia en nuestras vidas. Señala que la “felicidad sintética” (la de la zorra cuando decide que las uvas que no podía alcanzar estaban verdes) en realidad es indistinguible de la felicidad “de verdad”, la que se obtiene cuando efectivamente logramos lo que deseamos. Pero ambas se tambalean frente a la duda que sobreviene cuando aumentan las posibilidades de elegir. A más libertad mayor insatisfacción.

Barry Schwartz, otro profesor de psicología, incide también en el problema de la libertad de elección. Más concretamente la que tenemos como consumidores ante la oferta cada vez mayor que el mercado ofrece en los países desarrollados, lo que provoca dos efectos negativos: parálisis ante la dificultad de saber cuál será la mejor opción y -si finalmente logramos decantarnos por una-  frustración al dejarnos siempre con la comezón de “tenía que haber escogido el otro, no sé yo si este será el mejor…”.

Si no hay margen de elección ante algo desagradable que nos sobrevenga podemos culpar al mundo de ello, dice Schwartz. Pero si tenemos opciones entonces la culpa pasa a ser nuestra y de ahí a la depresión hay un paso.

En torno a esta última observación coge el testigo el escritor Alain de Botton. A diferencia de la época feudal la sociedad actual, se nos dice, es meritocrática, de forma que cada uno ocuparía en la escala social el puesto que corresponde a su talento y esfuerzo. Al escarnio de la pobreza, el sistema meritocrático añade ahora la vergüenza y la culpa por serlo. Pero, dice de Botton, alcanzar hoy día la fortuna y fama de Bill Gates es tan improbable como acceder en el siglo XVII a la jerarquía de la aristocracia francesa.

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La imposibilidad física de humanos miniaturizados e insectos gigantes

diciembre 15, 2010

Desde “El increíble hombre menguante” hasta “El ataque de la mujer de 50 pies”, de “Viaje alucinante” a “La humanidad en peligro” la ciencia ficción siempre ha jugado con las posibilidades de miniaturizar o agigantar a personas, insectos o cualquier objeto. Pero hay un pequeño problema… es físicamente imposible. Veamos por qué.

Flotando dentro de alguna parte del cuerpo

En la película “Viaje alucinante”, una nave pilotada por un equipo de médicos es miniaturizada para introducirse en el torrente sanguíneo de un científico ruso exiliado y desde dentro poder operar la lesión que sufre en el cerebro. Una vez inyectados en ese cuerpo deberán cumplir su misión luchando contra plaquetas, glóbulos blancos y toda clase de peligros microscópicos. El inconveniente añadido es que la miniaturización sólo dura una hora. Si en ese plazo no han logrado salir… el científico ruso quedará algo indispuesto. Un argumento similar se desarrolla en “El chip prodigioso”, aunque en tono más bien paródico.

Pues bien, en la novela que Asimov escribió a partir de la película (y no al revés) se planteaban las tres posibilidades que puede haber para lograr una miniaturización:

En primer lugar encoger los átomos. Éstos consisten en un núcleo de protones y neutrones en torno a los cuales giran los electrones en una órbita llamada “nube de probabilidad”. Dicha orbita no puede variar ya que está sujeta a la llamada Constante de Planck, una constante fundamental del universo que no puede cambiarse. En dicha novela se recurría a alterarla mediante un “campo local de distorsión”, un recurso puramente mágico propio de la sexta temporada de Lost.

La segunda opción estaría en reducir la distancia entre cada átomo. Pero las nubes de probabilidad de cada átomo se repelen unas a otras, por lo que en los materiales sólidos los átomos quedan distribuidos de tal forma que no puede reducirse mucho más las distancias que los separan. Y eso sin contar con la dificultad de aplicar esa presión y que la persona que la sufra no se nos quede hecha un amasijo de carne.

En tercer lugar nos quedaría la opción de extraer algunos átomos. Supongamos que se lograra extraer por un método ahora desconocido una parte de los átomos de forma homogénea (no simplemente cortándoles brazos y piernas) y que cada órgano pudiera conservar su funcionalidad. Pero esto plantea dos inconvenientes: parece complicado que la evolución -siempre tan ávara y ahorradora- no hubiera favorecido órganos más reducidos si realmente fueran posibles. El otro es que dado que tenemos la costumbre de ser tridimensionales (luego volveremos sobre ese asunto) para que una persona redujera su tamaño de 1,80 metros a, por ejemplo, 15 centímetros (un factor 12), debería conservar solamente un átomo de cada 1.728 (es decir, 12x12x12 de alto, ancho y largo). En cualquier órgano, como por ejemplo el cerebro, parece inviable extraer el 99,94% de él y esperar que siga conservando su funcionalidad.

Sordo, mudo y ciego

El increíble hombre menguante

Pero si por un milagro de la física se hubiera logrado miniaturizar a una persona, ésta se encontraría con la desagradable sorpresa de que en su nuevo tamaño se ha vuelto sorda, muda y ciega. Así que difícilmente podrá huir de los insectos, gatos o aspersores de jardín que le amenacen. Una cuerda vocal, al igual que una de guitarra, vibrará en un tono más agudo (rápido) o grave (lento) en función de su distancia. El rango de audición humano está entre los 20 y los 20.000 ciclos por segundo. De forma que al ir reduciendo de tamaño la voz del miniaturizado iría haciéndose cada vez más aguda hasta hacerse imperceptible.

De la misma manera él perdería la capacidad de escuchar a esos gigantes dado que su tímpano cada vez más pequeño no podría captar las ondas sonoras en su longitud. Algo similar ocurriría con las ondas luminosas. Las ondas que forman la luz visible tienen longitudes de onda entre 400 nanómetros (luz violeta) y 700 nanómetros (luz roja). Una pupila de alguien reducido al tamaño de un insecto sería apenas 30 veces mayor a esa longitud. Lo que supondría captar la luz de una forma muy borrosa. Si el sujeto fuera reducido a un tamaño microscópico como los tripulantes de “Viaje alucinante”… directamente quedaría ciego.

Los problemas de crecer desmesuradamente

Una gran mujer

Respecto a aquellas películas en las que se muestra el proceso contrario, magnificar a alguien, los problemas no son, ejem, más pequeños. Tenemos la imposibilidad ya comentada de no poder aumentar el tamaño de los átomos. Añadir otros tampoco parece una tarea sencilla. Separar la distancia entre ellos sí sería teóricamente posible, pero eso supondría disminuir la densidad de la persona, animal u objeto, haciéndolo más frágil hasta llegar a convertirlo en una inofensiva nube de gas.

No obstante, si mediante algún sistema fantástico se lograra sortear esta dificultad, entonces encararíamos otra igualmente grave: la ley del cubo-cuadrado. Dada nuestra condición tridimensional crecer a un tamaño diez veces superior implicaría ser diez veces más alto… pero también diez veces más ancho y otras diez más largo. Es decir, nuestro peso pasaría a ser 1.000 veces mayor.

La humanidad en peligro

Pero la superficie de las piernas o patas que nos sujeten sería diez veces más ancha y diez veces más larga, aumentando sólo por 100. De forma que en proporción una misma superficie de hueso debería suportar un peso diez veces mayor. A partir de cierto tamaño un organismo acabaría siendo aplastado por su propio peso.

En conclusión, aunque tristemente jamás llegaremos a poder ser miniaturizados, nos queda el consuelo de que tampoco llegaremos nunca a ser atacados por insectos gigantes.

Más información:

La física de los superhéroes, James Kakalios

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La evolución del cuerpo femenino: el rostro

noviembre 10, 2010

¿Qué es lo que hace guapa a una mujer guapa?, aunque las modas de cada época y lugar influyen en la percepción de la belleza, hay algunos rasgos que siempre son considerados atractivos. Veamos por qué.

Kaya Scodelario

¿Por qué esta chica es tan rematadamente guapa?

Al igual que ocurre con otras muchas especies, la evolución no ha provisto de rasgos idénticos a hombres y mujeres, lo que se conoce como dimorfismo sexual. La selección natural favoreció inicialmente ciertos rasgos en cada sexo que facilitaron su supervivencia y reproducción. Esos rasgos pasaron a considerarse típicamente masculinos o femeninos -por lo tanto atractivos para el sexo opuesto- y se generalizaron aún más. Es decir, a la selección natural se le añadió la selección sexual. Por si fuera poco a lo largo de la historia las modas a menudo han reforzado esos rasgos distintivos masculinos y femeninos con adornos, peinados y maquillaje para resaltar el atractivo de hombres y mujeres.

Los ojos

Empecemos por las cejas. Inicialmente algunos biólogos creyeron que al igual que las pestañas su función era proteger al ojo, en su caso canalizando el sudor de la frente. Pero cualquiera que haga algo de deporte sabe que no son muy eficaces en ese aspecto.

Así que una explicación más aceptada actualmente, al menos por el zoólogo Desmond Morris, es que ayudan a la comunicación con sus diferentes movimientos. Como el relampagueo de cejas de la chica de arriba, una forma de saludo al parecer universal o por lo menos muy extendida, ya que ha sido documentada también en tribus remotas de Nueva Guinea y el Amazonas. En el caso de las mujeres, las cejas tienden a ser más finas, arqueadas y separadas de los ojos que las de los hombres. El maquillaje generalmente busca enfatizar esta diferencia.

Respecto a los ojos, una característica humana no compartida con otras especies es la esclerótica, es decir, el blanco del ojo. Permite mostrar la dirección en la que se mira, por lo que habría sido favorecida por la evolución para facilitar la comunicación, al igual que las cejas. En las mujeres es algo mayor, quizá porque son más comunicativas.

En relación a la dirección en la que se mira, según muestran estudios como los de Knut Kampe, consideramos más atractivo un rostro si sus pupilas se dirigen a nosotros. Especialmente si están dilatadas, ya que indicarían que a esa persona le gusta lo que ve. De ahí que las antiguamente las cortesanas italianas se echaran belladona en los ojos antes de recibir una visita.  Y también que la imagen de arriba resulte tan hipnótica.

 

La nariz

Una mujer con la nariz grande corre el riesgo de parecerse a Barbra Streisand

La nariz tiene varias funciones: humedecer y calentar el aire que se respira, hacer de caja de resonancia de la voz y servir de protección a los ojos. Esta última explicaría por qué los hombres –tradicionalmente dedicados a la caza y a la guerra con el vecino- la tienen más grande y por tanto que una nariz pequeña se considere más femenina. Como es el caso de la protagonista del gif, qué bien le queda la suya ahí en medio de la cara.

Por otra parte, la existencia de la menopausia (cuya función evolutiva está explicada aquí) hace que los signos de juventud sean inmediatamente asociados a la fertilidad, y por tanto resulten atractivos. Las mujeres con un aspecto más aniñado serán consideradas más guapas y dado que la nariz pequeña es característica de los niños… pues eso nos lleva a que las rinoplastias a mujeres sean un negocio tan floreciente. Una nariz y mejillas pecosas también son rasgos infantiles, y muy apreciados por los hombres en las mujeres (¿Hace falta volver a mirar arriba?, ¡sí!).

Labios y dientes

 

Los labios gruesos y sonrosados son otra especificidad humana, los primates tiene una simple hendidura en la boca. Parece ser que favorecen la lactancia. Las mujeres suelen tenerlos más gruesos y el maquillaje, una vez más, procura resaltar ese hecho distintivo. Respecto a los dientes, aunque hoy día está claro que una mujer con una dentadura completa y blanca resulta más atractiva, no parece ser una preferencia innata y está sujeta a variaciones culturales. Así por ejemplo, en Inglaterra a mediados del siglo XVI una dentadura ennegrecida por la caries era señal de que se comía mucho azúcar, un alimento caro propio de la clase alta, y por tanto se consideraba deseable y digno de imitar por las clases inferiores.

Simetría y tez lisa

Mezcla de 64 rostros, guapa aunque algo inexpresiva

A mediados del siglo XIX el científico Francis Galton quería descubrir qué rasgos faciales eran característicos en los criminales, así que proyectó los retratos de varios de ellos sobre una placa fotográfica y… comprobó sorprendido que el rostro resultante resultaba más atractivo que el de cada uno de ellos. Muchos años después investigadores como Judith Langois, de la Universidad de Texas, o Martín Gründl, de la Universidad de Regensburg, gracias al programa de retoque fotográfico Morphing han obtenido un resultado similar: cuantos más rostros se superponen, más atractivo es el resultado. La conclusión es que los feos lo son cada uno a su deforme manera pero los guapos se parecen todos entre sí.

Esto se debe a que las imperfecciones particulares de cada rostro quedan superpuestas, lo que produce una piel más lisa (y por tanto más sana y deseable) y unos rasgos faciales más sujetos al promedio y más simétricos. La simetría corporal es un rasgo deseable en una pareja no sólo entre los humanos, sino en buena parte del reino animal, porque es un signo de un crecimiento equilibrado y sano del organismo, no afectado por enfermedades, desnutrición o depredadores. Y ahora, admírese una vez más la perfecta simetría en los rasgos de la chica con la que se iniciaba esta entrada.

Para saber más:

La mujer desnuda, Desmond Morris

La ciencia de la belleza, Ulrich Renz

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El origen de las razas humanas

octubre 1, 2010

¿A qué  se deben las diferencias raciales que pueden apreciarse en personas de diferentes partes del mundo?, ¿Son una adaptación evolutiva a sus respectivos hábitats? A menudo se ha creído que sí, pero la respuesta no está tan clara.

Pintura de castas

Mucho se ha escrito acerca de las razas humanas, elaborando en cada época clasificaciones más o menos exhaustivas sobre cuales son las que conforman la humanidad. Desde las imaginativas descripciones de Herodoto sobre pueblos extranjeros y los bestiarios medievales que clasificaban diversas criaturas monstruosas pero humanas, pasando por las conocidas como “pinturas de castas”, un género artístico que proliferó en las colonias españolas durante el siglo XVIII, que  retrataba diversos grados de mestizaje desde el galfarro (hijo de negro y mulata), pasando por Tente en el aire (hijo de calpamulto con cambuja) hasta el No te entiendo (hijo de mulato con Tente en el  aire). En el Museo de América de Madrid se conservan algunos de estos cuadros.

Pero tras multitud de clasificaciones taxonómicas a lo largo de los siglos, seguidas de sus correspondientes colonizaciones, pogromos y genocidios, hoy día es cuestionado en el ámbito académico hasta el propio concepto de raza aplicado a diferentes grupos humanos. Así que para no perdernos en cuestiones semánticas ni herir susceptibilidades nos referiremos a raza como término coloquial o, si se prefiere, concretamente a las características fisionómicas más visibles y fácilmente identificables de diversas poblaciones humanas.

El antropólogo Jared Diamond en “El tercer chimpancé” distingue entre rasgos físicos que difieren de una población a otra que sí son claramente producto de la selección natural de otros cuyo origen es más cuestionable. El tamaño compacto de los esquimales y la esbeltez de los sudaneses del Sur son maneras eficaces de conservar y disipar el calor, respectivamente, por lo que parecen claramente adaptados a su entorno natural. Los ojos rasgados de los habitantes del norte de Asía habrían sido en el pasado una manera eficiente tanto de proteger los ojos del frío como de evitar ser deslumbrados por el reflejo del sol en la nieve. Pero el más evidente de todos los rasgos por el que podemos distinguir a una persona es, en cambio, más difícil de explicar.

El color de la piel

En primer lugar la piel es visible porque –y perdón por la obviedad- no estamos cubiertos de pelo, somos “monos desnudos” como decía Desmond Morris. Así que empecemos por el principio. Hace unos seis millones de años nuestros antepasados bajaron de los árboles y se volvieron carroñeros, aprovechando las migraciones de manadas de grandes mamíferos. La solución evolutiva para poder correr y caminar largas distancias en la sabana africana sin recalentarse en exceso fue sudar. Pero para que la evaporación del sudor absorbiese el calor corporal era preciso que el liquido estuviese en contacto directamente con la piel y no con pelo.

Familia Bantú al completo

Como consecuencia de esto a menudo se ha creído que al dejar la piel expuesta en zonas muy soleadas se sufriría el riesgo de sufrir quemaduras y cáncer de piel,  de forma que entre los habitantes de zonas tropicales se habría vuelto más oscura por medio de la selección natural. Pero Diamond cuestiona esta idea porque al parecer el cáncer de piel tendría poca incidencia en la población, al menos en comparación con otras amenazas que sufrieron nuestros antepasados.

La teoría alternativa más consistente para explicar las diferencias de pigmentación es que los rayos ultravioleta favorecen la formación de vitamina D bajo la piel, así que un color oscuro prevendría las enfermedades renales provocadas por el exceso de vitamina D, mientras que en las zonas frías una piel clara favorecería la suficiente producción de dicha vitamina como para prevenir el raquitismo.

Pero hay otras muchas teorías al respecto, como que una piel oscura protegería los órganos internos de los rayos infrarrojos, que serviría de camuflaje en la selva, que permitiría conservar mejor el calor al bajar la temperatura por la noche y que protegería del envenenamiento por berilio en los trópicos. Por su parte una piel pálida según otros autores supuestamente sería menos vulnerable a la congelación.

La objeción que pone Diamond a todas ellas es que la población no está repartida por el planeta como sería de esperar según esta correlación entre el clima soleado y la oscuridad de la piel. Aún teniendo en cuenta migraciones más o menos recientes en la historia. Poblaciones que han permanecido en el mismo lugar durante decenas de miles de años -como los antiguos nativos de Tasmania- no tendrían la pigmentación que se supone más adecuada para ese clima. Además, si se tiene en cuenta la nubosidad, la cantidad de horas de luz sería similar entre el África occidental ecuatorial, la China meridional y la península escandinava.

Selección natural y selección sexual

Viuda de cola larga

Darwin distinguió entre dos fuerzas que condicionan la evolución de una especie. Una es la selección natural, es decir, la presión que ejerce el entorno sobre cada animal, de forma que solo lograr sobrevivir los mejor adaptados. Y la otra es la selección sexual, que depende de la capacidad de cada animal para atraer una pareja con la que aparearse. Por ejemplo ciertos pájaros lograrían tener más descendencia gracias al atractivo que ejerce sobre las hembras su cola larga, aunque ésta no suponga por sí misma ninguna ventaja para sobrevivir.

Respecto a las diferencias raciales entre seres humanos, Darwin creía que no tenían valor adaptativo. Es decir, que no eran fruto de la selección natural, sino de la selección sexual. En una tribu en la que por azar hubiera cierto número de individuos con tal o cual rasgo (piel oscura, pelo rizado, ojos azules o lo que fuera), este sería considerado como la norma de belleza, se pondría de moda en ese grupo por decirlo así. Esos afortunados pasarían a ser considerados más atractivos y por tanto tendrían más descendencia que heredase sus rasgos, lo cual a su vez haría aún más “normal” ese rasgo, etc.

Jared Diamond por su parte en el libro mencionado anteriormente y que ya no hace falta que os leáis, comparte parcialmente esta opinión del barbudo inglés. De forma que características como el color de la piel, el pelo y los ojos, serían fruto en gran parte (aunque admite que el debate está lejos que estar zanjado) de la selección sexual.

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¿Por qué vemos en 3D?

septiembre 10, 2010

Ahora está de moda el cine, la televisión y los videojuegos en 3D e incluso revistas y periódicos tradicionales añaden imágenes en tres dimensiones. Unas imágenes que nos fascinan porque somos capaces de captar volúmenes y ver en profundidad, pero… ¿Por qué tenemos esa capacidad?

videojuego en tres dimensiones

La respuesta breve es: porque tenemos dos ojos. Ya no hace falta que siga leyendo si es que tiene algo más importante que hacer, como trabajar o insultar a alguien en un foro. A esta visión por medio de dos ojos se le llama estereoscópica y, pese a estar muy difundida en el reino animal, científicos y pensadores hasta bien entrado el siglo XIX no llegaron a comprender su funcionamiento.

Antiguamente se pensaba que teníamos dos ojos al igual que tenemos dos riñones o dos brazos, como una consecuencia más de la bilateralidad y simetría que caracterizan al cuerpo. Así, además, si se estropeaba uno estaría el otro de reserva. No se percataron de que es necesario el funcionamiento de ambos ojos para ver en profundidad. Veamos por qué.

Cazadores, triangulación y camuflaje

Piluca no puede ver bien en profundidad

En primer lugar porque tener dos ojos no basta para ver en  tres  dimensiones. Deben ocupar además una posición frontal para que las imágenes que captan puedan superponerse y luego procesarse en el cerebro. Los animales herbívoros necesitan tener un amplio campo de visión para detectar depredadores mientras están pastando. Por ello tienen cada ojo a un lado de la cara, de forma que disfrutarán de una visión panorámica de casi 360 grados, aunque a cambio no podrán captar la profundidad adecuadamente.

Los animales cazadores y/o arborícolas de los que provenimos en cambio no necesitan tanto una visión panorámica de su entorno como una visión precisa de la distancia a la que se encuentra su presa o próxima rama a la que saltar. Por eso estos animales tienen (tenemos) los ojos en el centro de la cara. De esa manera se capta una misma imagen desde dos ángulos ligeramente distintos, lo que permite calcular la distancia por medio de un poco de trigonometría, que nuestro cerebro es capaz de realizar intuitivamente.

Otra ventaja que tuvo para nuestros lejanos antepasados la visión estereoscópica es que así puede detectarse los camuflajes, especialmente de insectos. Si el depredador puede captar el volumen, por similar que sea el color del insecto con el del fondo sobre el que se mueve tarde o temprano será engullido.

Una aplicación más moderna de este principio está en las fotografías aéreas tomadas por los aviones espía. Primero se realizan varias capturas de un mismo sector en breves intervalos durante el vuelo (lo que se conoce como traslape), a continuación un analista observa cada par de fotos mediante un visor que muestra una de esas fotografía consecutivas para cada ojo, el llamado “par estereoscópico”. De esta forma los objetos camuflados al no ser planos no se superpondrán correctamente. Serán diferentes en cada ojo y al analista por lo tanto se le aparecerán en relieve. Ahí está el enemigo escondido.

Y llegó el cine en 3D

pintura callejera

No obstante hay que aclarar que la visión binocular no lo es todo a la hora de captar el relieve. Basta cerrar un ojo para comprobar que el mundo sigue estando ahí, sin volverse plano como una fotografía y los piratas no se caían por la borda continuamente a pesar de tener un parche en el ojo. El cerebro, que en una parte considerable está dedicado a la visión, tiene otros recursos para interpretar los datos que le llegan, como los ángulos en zigzag de los contornos y las sombras. Un artista habilidoso sabrá retratar bien las perspectivas y hasta cierto punto podrá engañar a nuestros ojos.

Una familia un tanto extraña y tridimensional

Al movernos, además, contemplamos como los objetos más cercanos se mueven más rápido que los lejanos, lo cual contribuye a dar sensación de profundidad y es un recurso utilizado en diversos gifs, como el que acompaña estas líneas. Aquí pueden verse más.

Sin embargo, por hábiles que sean estas triquiñuelas siempre topan con el obstáculo de la visión estereoscópica. En un mundo en relieve, como decíamos, cada retina recibirá una imagen levemente diferente, que al unirse dentro del cerebro crean la conciencia de una tercera dimensión.

Pero un cuadro o una pantalla de cine proyectan una misma imagen para ambos ojos. La solución en teoría es sencilla, aunque algo difícil de llevar a la práctica. Se trata de proporcionar a cada ojo una imagen algo distinta para que surja ese relieve, a la manera del analista militar anteriormente mencionado. ¿Y cómo se logra?

Una de las primeras películas en 3D

Pues en los antiguos sistemas de cine de 3D, por medio de las clásicas gafas con un color diferente en cada lente, una roja y otra verde azulada. Se proyectaban dos imágenes con diferentes colores y sin que estuvieran perfectamente superpuestas de manera que los tonos rojizos quedasen filtrados por una lente y los azulados por la otra. El cerebro interpretaba esa diferencia en la imagen de cada ojo como volumen y… tachán, ahí se nos aparecía la criatura del lago saliéndose de la pantalla. También estaba el método de las gafas polarizadas, con rendijas para captar la luz en diagonales distintas para cada ojo, un sistema que Hitcock utilizó en la película “Crimen perfecto”.

En la práctica el resultado dejaba bastante que desear porque sólo los espectadores de las filas centrales podían captarlo en el caso de las gafas polarizadas, y en el otro parte del público padecía el efecto denominado “rivalidad binocular”. Se produce cuando el cerebro no puede unir adecuadamente ambas imágenes, dando prevalencia alternativamente a una u otra, un efecto incómodo y que acaba provocando dolor de cabeza.

Desde Avatar se ha popularizado un sistema más eficaz. Se proyectan alternativamente diferentes perspectivas y las gafas -sincronizadas con el proyector- vuelven trasparente u opaca cada lente a una velocidad mayor de la que podemos percibir, de manera que cada ojo siempre recibe la misma perspectiva mientras el otro está tapado. Pero qué mejor que mostrar las diferentes técnicas precisamente mediante imágenes -en dos dimensiones, eso sí- como en esta página de onlineschools.

Artículo escrito en colaboración con José Javier Vallés Vilar, alias “Tío Patillah”, Doctor en Física por la Universidad de Valencia y autor de la tesis “Correlaciones invariantes de objetos tridimensionales“.

 

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¿Herencia genética o influencia ambiental?

agosto 22, 2010

Uno de los debates científicos y sociales más vivos durante los últimos años es el que gira en torno a cuál es la influencia de los genes en nuestro comportamiento. Ya sea en discusiones sobre feminismo, educación o delincuencia no tarda en salir la cuestión de si los roles de género, el talento, la agresividad o cualquier otro rasgo de la personalidad son algo heredado, que a cada persona le vino de serie al nacer, o bien lo aprendió de su entorno.

Una polémica que suele estar avivada por las noticias que de un tiempo a esta parte han empezado a surgir acerca del descubrimiento de genes que afectarían a comportamientos cada vez más específicos: ya sea alcoholismo, timidez, homosexualidad… confío en que hallen pronto el gen de ponerse nervioso si la persona que está delante en una cola no avanza y deja demasiado espacio delante suyo. Explicaría bastantes cosas. Así que la batalla entre ambientalistas e innantistas aparentemente está resolviéndose a favor de estos últimos. Pero la disputa viene de lejos y el péndulo no ha dejado de oscilar de un lado a otro según la época.

Comencemos en el siglo XVIII, cuando los filósofos ilustrados Locke y Hume sostenían que al nacer la mente es como una página en blanco -todo dependía del entorno en el que una persona creciera- mientras Rousseau teorizaba sobre el buen salvaje que no había sido corrompido por la civilización. Pero a lo largo del siglo siguiente pasó a imperar la opinión opuesta, en parte gracias a Francis Galton. Fue primo de Darwin, científico por el que sentía una gran admiración y cuyos logros atribuía a una excepcional “disposición mental hereditaria” y que como pariente suyo modestamente decía compartir…

Pero además de primo de Darwin, Galton ejerció de otras muchas cosas. Explorador que descubrió el norte de Namibia, inventor del uso de huellas dactilares para la identificación personal así como de los mapas del tiempo, hizo contribuciones fundamentales a la estadística… y teorizó y promovió fervientemente la eugenesia. Fue el primero en establecer como conceptos opuestos “naturaleza” y “entorno” (nature y nurture, en inglés). Motivado por el orgullo que le producía su parentesco, investigó linajes de personajes ilustres (y fue también pionero en el estudio de gemelos) para demostrar que el genio se hereda, aunque por entonces evidentemente no se conocía qué eran los genes.

 

Ahora bájese los pantalones

 

Galton, en definitiva, fue partícipe de los valores racistas y clasistas victorianos que sirvieron para justificar el imperialismo, la frenología y poco después, a comienzos del siglo XX, las políticas de eugenesia con personas consideradas nocivas para la mejora de la raza (esterilizando a retrasados, epilépticos o miembros de minorías étnicas) que se iniciaron en Estados Unidos, Canadá y varios países europeos y sudamericanos, que tendrían como colofón apoteósico el genocidio llevado a cabo por el III Reich.

Cambio de ciclo

El fin de la Segunda Guerra Mundial supuso en este debate un nuevo giro del péndulo en sentido contrario, uno especialmente drástico. Pero al rechazar -con plena razón, obviamente- las doctrinas eugenésicas y la pseudociencia racial nazi se tiró también al niño junto con el agua sucia. Por temor a que cualquier hallazgo al respecto se convirtiera en un caballo de Troya para la doctrina política que ya había devastado Europa, cualquier alusión a posibles rasgos innatos y heredables pasó a considerarse tabú. Esto ocurrió también en otros ámbitos, el hecho de que el tabaco es malo para la salud tardó en establecerse en los países occidentales por haber sido los nazis los primeros en advertirlo.

Pero esa ley del silencio académica saltó por los aires con la publicación de “Sociobiología” de Wilson en 1975, un libro sobre selección natural, herencia y parentesco en el reino animal… y también en el ser humano. Ahí la lió. Nunca un experto en hormigas provocó semejante huracán intelectual y político. Boicots a sus clases, manifestaciones de estudiantes radicales, insultos e incluso agresiones ante lo que en principio era una anodina publicación sobre zoología que parecía destinada a coger polvo junto a otras en bibliotecas de las facultades.

 

desfile norcoreano

Para las utopías igualitarias los rasgos heredados suponían un obstáculo

 

El revuelo no era a causa únicamente del recuerdo del nazismo. En las universidades de la mayor parte de los países occidentales se vivía ambiente de agitación izquierdista mucho mayor que el actual. Las utopías hippies y marxistas en torno a la creación del “hombre nuevo” y de un mundo perfectamente igualitario en el que todo fuera paz, amor y colectivismo, requerían un ser humano totalmente moldeable por medio de la educación/adoctrinamiento. Si había algo en las personas que no podía ser modificado mediante la educación entonces el cambio social no podría ser completo ni se lograría un pleno igualitarismo, pensaban.

Pero con el paso de los años las aguas políticas fueron calmándose, los estudios sobre genética comenzaron a proliferar y el clima intelectual fue abriéndose poco a poco a estas ideas. El péndulo comenzó a moverse de nuevo en sentido contrario. Si se asume que la igualdad de los ciudadanos debe ser un principio político, no un hecho biológico, entonces se empezará a perder el miedo –casi siempre infundado- a cualquier hallazgo al respecto. Sería absurdo estar esperando a los resultados de un laboratorio de ADN para confirmar que todas las personas deben tener derechos. Y respecto a qué metas pueden lograrse mediante la educación… simplemente habrá que renunciar a las expectativas desmesuradas.

La primera impresión es la que importa

Así que tras estos vaivenes históricos, actualmente en el debate sobre naturaleza o cultura, herencia genética o influencia ambiental, la conclusión más prudente para muchos podría ser decir que mitad y mitad, que ambas son importantes. Pero esta respuesta presenta el inconveniente de ser bastante tibia (y en cualquier polémica lo divertido es tomar partido y no parar hasta aplastar el cráneo de los rivales) y además no entra en muchos detalles.

 

Konrad Lorenz y los patos que lo tomaban por su madre

 

Por eso Matt Ridley en “Qué nos hace humanos” propone una manera de enfocar el asunto más interesante y sutil que limitarse a repartir salomónicamente la influencia entre los genes y la educación. No hay rivalidad entre ambos, asegura, porque la función de los genes es precisamente interactuar con el ambiente.

Para eso toma como referencia los estudios de Konrad Lorez en torno a la impronta, que es como se denomina a la imagen que queda grabada en el cerebro de las crías de oca al nacer y a la que pasarán a seguir a todas partes, que será o una oca madre o bien un científico con barba y gafas. Esa impronta es claramente una influencia ambiental, pero es así porque sus genes han establecido previamente que dicha primera impresión debe ser importante en la vida de ese animal.

Existas improntas de muy diverso tipo tanto en el reino animal como en el ser humano. Una abeja obrera cualquiera, por ejemplo, puede convertirse en Abeja Reina si tras nacer es alimentada con jalea real, porque así está programada esa respuesta al entorno en sus genes. Es una influencia que marca de por vida, por eso los psicólogos y psiquiatras suelen atribuir tanta importancia a la infancia, porque contiene las improntas que en parte nos determinaron.

 

nunca aprenderá nuestro idioma, aunque parece prestar mucha atención

 

De la misma forma, cada idioma es un artefacto cultural, pero la facilidad de un niño para memorizar el vocabulario y adquirir pericia con su sintaxis -y conservar ese acento de por vida, de paso- es claramente innata, véase la gramática universal de Chomsky. Hace falta una disposición genética previa, por eso enseñar greguerías de Ramón Gómez de la Serna a un mono langur resulta tan frustrante, creedme.

Gemelos, violencia y sentido del humor

Una herramienta muy valiosa para estudiar estos asuntos y en la como dijimos antes Galton fue pionero, es el estudio de gemelos. Los gemelos univitelinos provienen ambos del mismo óvulo y del mismo espermatozoide, así que su similitud genética es del 100%. Lo interesante viene cuando cada uno de ellos ha sido criado en un entorno diferente, proporcionando así una plataforma privilegiada para observar qué es lo que los distingue o asemeja. Aquí enlazo una entrevista muy interesante a los investigadores Thomas J. Bouchard y Nancy L. Segal que han tratado con casos de este tipo.

Por otra parte, un estudio elaborado en Dinamarca señala que el 52% de los gemelos idénticos tenían el mismo grado de actividad criminal registrada, mientras que sólo el 22% de los gemelos mellizos alcanzaban similares grados de criminalidad. También hay otros estudios daneses sobre niños adoptados para estudiar si es mayor su afinidad a sus padres biológicos o a sus padres adoptivos. De forma que un niño procedente de una familia que no tuviera problemas con la justicia y fuera a parar a una familia igualmente honrada, tenía un 13,5% de posibilidades de infringir la ley. Si la familia adoptiva era conflictiva, el porcentaje subía sólo al 14,7%. Pero si la familia adoptiva era honrada y la biológica no, sus posibilidades de delinquir ascendían nada menos que a un 20%. Y si ambas familias eran del lado oscuro entonces la cifra asciende hasta un 24,5%. Lo cual nos muestra que algunas personas serán especialmente sensibles a las influencias de su entorno… si están genéticamente predispuestas para responder a esa influencia. Igual que la jalea real para la abeja obrera.

Y entre col y col lechuga. Según una investigación que cita Ridley en su libro, el sentido del humor presenta una baja heredabilidad. Los hermanos adoptados tienen un sentido del humor similar, a diferencia de los gemelos separados. De forma que si usted adopta un niño tal vez no pueda impedir que se convierta en un criminal psicópata, pero al menos ambos se reirán de los mismos chistes.

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