Posts Tagged ‘psicología’

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El Efecto Zeigarnik o por qué las películas con mensaje suelen acabar mal

marzo 9, 2011

Tras años y años viendo películas de todo tipo creo estar en condiciones de subirme al tonel más cercano a proclamar una verdad universal: si uno oye hablar de un “film de denuncia” que pretende transmitir algún mensaje con el que despertar las conciencias de los espectadores, puede tener por seguro que en él morirá el protagonista. Hay una explicación psicológica para ello.

Novecento

Aunque tal vez no haya un estudio científico al respecto (aunque podía habérmelo inventado y que colase, “lo he leído en internet,  será cierto”), no es una afirmación que carezca por completo de base empírica. Muchos años delante de la pantalla me avalan. Desde “El jardinero fiel” con su mensaje sobre las prácticas poco éticas de las empresas farmacéuticas y los estragos que causan en el Tercer Mundo, pasando por “La vida es bella”, “Diamantes de sangre”, “Haz lo que debas”, “Senderos de Gloria”,  cualquier film de Ken Loach y, en fin, el título que al lector se le venga a la mente, da la impresión de que una película militante -llamada también “de denuncia social” o “cine de protesta”-  ha de tener un final trágico que le haga a uno salir del cine o cerrar la página de Megavídeo con pesambre y regoello.

Para ello suele ser necesario que muera el protagonista, o en su defecto algún personaje estrechamente unido a él y que haya sido retratado previamente como la inocencia personificada. Ante cuyo cadáver el protagonista, arrodillado, alce los puños al cielo clamando justicia entre lágrimas contra sus asesinos. Bien sean nazis, terroristas, comunistas, Ku Kux Klan o policías al servicio del Apartheid o de algún régimen dictatorial tercermundista.

Bluma Zeigarnik

La explicación más inmediata es que un final trágico da el adecuado tono de seriedad que la denuncia de cualquier injusticia requiere. Pero hay otra, algo más sutil, para la que la psicóloga rusa de origen judío Bluma Zeigarnik otorgó un epónimo: el Efecto Zeigarnik. Parece que en psicología y psiquiatría hay un síndrome o efecto para toda clase de comportamientos y éste en concreto se refiere a “la tendencia a recordar tareas inacabadas o interrumpidas con mayor facilidad que las que han sido completadas”. Dice la Wikipedia que Bluma se percató de esto al observar cómo un camarero era capaz de recordar fácilmente una larga lista de pedidos pendientes y sin embargo difícilmente recordaba los platos que acaba de servir, lo que le llevó a publicar un estudio al respecto en 1927.

Lo interesante de este hallazgo estuvo en que tiene consecuencias más allá de la hostelería. En general todas las tareas inacabadas provocan estrés y resultan difíciles de apartar de la cabeza. Por ello la gente olvida tras los exámenes lo estudiado, los pilotos intentar aterrizar a pesar de que las condiciones no sean las adecuadas y cada episodio de una serie a menudo termina en un momento de gran dramatismo conocido como cliffhanger, que incita al espectador a permanecer delante del televisor la semana siguiente a la misma hora.

Esta película no acaba en boda

La importancia del desenlace

Cuando somos espectadores de una narración nos encanta que la historia se cierre, que el bueno sea reconocido, el malo reciba su castigo y que, en definitiva, el conflicto quede resuelto. Por tanto una historia con un final trágico en el que no se haya impartido justicia (“El patrón está vivo”, frase con la que concluía Novecento) es una trama irresuelta que, como una espina clavada, incita al espectador a pasar a la acción y tomar alguna clase de iniciativa para que dentro de su cabeza la historia pueda tener el final que le corresponde.

Por eso -dejando de lado el cine pero sin abandonar del todo el terreno de la ficción- en muchas reivindicaciones políticas, desde el Día de la Mujer Trabajadora  hasta la Diada catalana, se rememoran no los logros sino las derrotas y agravios sufridos. Para movilizar a la población y que busque su particular “cierre” de tales narraciones.

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Psicología de la guerra: cómo adiestrar a un soldado para matar

febrero 17, 2011

La guerra en el siglo XX trajo consigo unos cambios radicales en el armamento y en las tácticas de combate. Pero en ella el lugar que ocupaba el soldado también sufrió una gran transformación. Lograr de él un guerrero eficaz en este nuevo contexto pasó a convertirse en el objetivo de la cada vez más pujante ciencia de la psicología.

La incorporación de nuevas armas que permitían matar a grandes distancias convirtió los campos de batalla de las grandes guerras modernas en escenarios insólitamente desolados. El avance en formación con el que dirigir a los soldados forzándolos a combatir ya no era viable. La historiadora Joanna Bourke describe en su imprescindible ensayo “Sed de sangre” cómo los generales tuvieron entonces un nuevo enemigo al que hacer frente: la pasividad de las tropas para luchar.

Ante un campo de estudio tan inabarcable como la guerra en el siglo XX, Bourke limita su investigación a tres países (Estados Unidos, Gran Bretaña y Australia) y a tres conflictos en los que estuvieron implicados, las dos guerras mundiales y la de Vietnam.

Senderos de gloria

En tiempo de guerra todo agujero es trinchera

Durante la Primera Guerra Mundial se estimaba que sólo un 10% de los soldados eran “valientes”. Fueron habituales los pactos tácitos de no agresión en diversos puntos del frente, como la conocida Tregua de Navidad de la que Paul McCartney hizo un pasteloso videoclip, así como la renuencia de los soldados a salir de sus trincheras para asaltar al enemigo, obligados a menudo por sus capitanes a punta de pistola.

Ya en la Segunda Guerra Mundial, un estudio emprendido por el coronel S.L.A. Marshall en los frentes europeo y Pacífico durante la II Guerra Mundial, reveló que apenas el 15% de los soldados americanos dispararon sus armas contra el enemigo, a pesar de que el 80% llegó a tenerlo a tiro en algún momento.

¿Cómo motivar a los soldados para matar?

Puesto que dichas guerras fueron protagonizadas por soldados reclutados forzosamente, el primer paso para cambiar la mentalidad de un civil y transformarlo en un soldado letal estuvo en atacar sus escrúpulos morales. Dado que tradicionalmente los principios éticos han estado anclados en creencias religiosas era primordial proveer de adecuadas justificaciones teológicas para matar al enemigo.

El recurso habitual consistía en considerar al soldado en concreto y al ejército del que formaba parte como un  instrumento de Dios para castigar a los pecadores. El “no matarás” podía sortearse interpretando que se refiere al asesinato y una muerte ocurrida en un campo de batalla no lo sería, al ser ordenada por una autoridad legítima y en beneficio de una comunidad.

Por otra parte, respecto al mandamiento cristiano de perdonar al enemigo “70 veces 7” se señaló que sólo valía si mediaba arrepentimiento y -si aún quedaba reticente algún soldado especialmente atribulado- todavía quedaba en la bolsa de trucos eclesiástica el argumento esgrimido por el Arzobispo de York durante la Segunda Guerra: dado que las almas son inmortales los soldados deben encargarse únicamente de acabar con los cuerpos de los enemigos, algo de poca relevancia moral. Así que basta de darle vueltas.

Enumerar estas razones era una de las labores de los capellanes militares. Una figura presente en los ejércitos de diversas épocas -hay constancia de ellos en la Inglaterra del siglo XIII- cuya función es dar legitimidad a la lucha con su papel de árbitros morales, absolver a los soldados de sus pecados y recordarles en todo momento que Dios está de su lado.

Del capellán al psicólogo

El problema es que un capellán tiene una autonomía y credibilidad semejante a la del defensor del lector de un periódico. Aunque hoy en día siguen existiendo, el progresivo laicismo de las sociedades occidentales a lo largo del siglo XX y el paralelo auge en el prestigio de la ciencia fueron reduciendo el papel de los capellanes en concreto y la religión en general para dar paso a una nueva autoridad moral: la de los psicólogos.

Estos nuevos expertos en el alma humana prometían no sólo reducir las bajas de soldados por “crisis nerviosas” sino investigar nuevas maneras de inculcarles un adecuado espíritu de lucha. Investidos de esta nueva autoridad, los psicólogos al servicio de los ejércitos estadounidense, británico y australiano se lanzaron con entusiasmo a elucubrar sobre la aptitud del soldado ideal con las herramientas teóricas de moda en la primera mitad del siglo: la psicología de masas y la jerga esotérica freudiana.

Animal

Mejor tú que yo

Así, unos sostenían que matar al enemigo era una forma simbólica dematar al padre. Otros, que era una sublimación de la homosexualidad o, en palabras de Charles Berg “una dramatización de tales fantasías inconscientes, un modo emocionalmente todopoderoso y orgiástico de relacionarse con hombres y no con mujeres”. Consideraron también que el mejor soldado era el psicópata y recomendaron reclutar prioritariamente a jóvenes que hubieran pasado por reformatorios y cárceles.

Creían además que la guerra era una regresión a instintos violentos reprimidos por la sociedad, por lo que se incentivó el entrenamiento con la bayoneta (pese a que durante la primera guerra esta arma sólo provocó el 0,5% de las muertes) y que requería movimientos automatizados. Por lo que aconsejaron un entrenamiento basado en la repetición acompasada de movimientos hasta que el soldado llegara a interiorizarlos de tal modo que pudiera repetirlos robóticamente por muchos disparos y explosiones que le rodeasen. Una doctrina que sigue vigente hoy día por cierto, y que es la base de los milimétricamente ajustados desfiles militares.

Para mitigar el miedo a una situación de combate se promovió un entrenamiento con fuego real, maniquíes a los que disparar e, incluso, en el caso del ejército británico durante la 2º Guerra, se llevó a algunos reclutas a mataderos para que se familiarizasen con la sangre y las vísceras y en sus cargas de bayoneta eran salpicados con sangre de oveja.

recluta patoso

someter a humillaciones a los reclutas

Otra idea que gozó de reconocimiento ( y que queda reflejada en “La chaqueta metálica”) era que someter a humillaciones a los reclutas durante el entrenamiento permitiría que acumulasen un odio que luego descargarían sobre el enemigo. En palabras del marine muerto en Vietnam Edward Marks “Las primeras dos semanas aquí te reducen a nada; te hacen sentir menos que una serpiente en un hoyo, y las siguientes 8-10 se dedican a reconstruirte, a la manera del cuerpo de marines”.

Cómo incitar a odiar al enemigo

Para lograr que los reclutas odiasen tan intensamente al enemigo como para desear matarlo, los tres ejércitos que analiza nuestra historiadora promovieron toda clase de pasquines y folletos en los que se mostraban fotografías de los crímenes que el enemigo estaba cometiendo contra las propias tropas. La sed de venganza haría el resto. Pero un recurso especialmente eficiente fue, en tales guerras y en la mayoría de conflictos humanos que en el mundo ha habido, el racismo. Un resorte extraordinariamente eficaz para favorecer la violencia, como se ha demostrado en infinidad de ocasiones y lugares

En la Segunda Guerra Mundial podía verse claramente en los dos frentes abiertos, el europeo y el pacífico. El 67% de los reclutas estadounidenses era partidario de que la raza japonesa fuese aniquilada por completo, frente al 29% que deseaba la misma suerte a los alemanes. Ya en la Guerra de Vietnam, el sargento Scott Camil de la 1º División de Marines explicaba “era como si no fuesen humanos (…) cuando disparaban a alguien no pensabas que estaban disparando contra un ser humano. Era un amarillo o un comunista, así que no había problema”.

body count

“tengo 157 caras amarillas cargados... y 50 búfalos también, todos con certificado”

Un recurso para deshumanizar al enemigo y evitar titubeos a la hora de apretar el gatillo fue el “body count”. El número de bajas contabilizado pasó en Vietnam a ser el principal indicador de habilidad militar y lograr ciertas cifras era recompensado con cerveza y permisos. Lo que llevó a menudo a que se exageraran las cifras.

Cómo se justifica el soldado ante sí mismo

Pero tras tanta propaganda, entrenamiento y adoctrinamiento en las reglas de enfrentamiento, queda aún el punto de vista subjetivo del soldado. De qué manera ya en plena batalla o tras ella es capaz de evitar sentimientos de culpa ante las muertes que provoca. Bourke ha reunido un extenso número de testimonios de veteranos de guerra que resume en cinco justificaciones fundamentales: Obediencia, reciprocidad, venganza, despersonalización y deportividad. Dependía de cada soldado y del escenario de guerra en el que se hubiera visto inmerso el añadir más o menos cantidad de cada uno de esos ingredientes en su autojustificación.

La idealización romántica del combate y las vivencias de alienación (testimonios que inciden en que todo lo que les rodeaba parecía irreal, como una película, o que se veían a sí mismos desde fuera) ayudaron a muchos soldados a ver su participación en la guerra como un paréntesis, algo ajeno, y regresar con normalidad a sus vidas pese al recurrente arquetipo del veterano como un ser permanentemente atormentado al estilo de nuestro héroe del Vietnam favorito, John Rambo. Porque como dice Bourke “incontables estudios han mostrado que cuando se encuentra en una situación extraordinaria la gente común actúa de modos que en circunstancias normales le son por completo ajenos”.

Para saber más:

Sed de sangre: historia íntima del combate cuerpo a cuerpo en las guerras del siglo XX, Joanna Bourke

– La chaqueta metálica, Stanley Kubrick. No pongo enlace para verla online que me cierran el blog

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Sobre la felicidad sintética, el estatus y la dificultad de elegir

diciembre 19, 2010

Las TED talks  (acrónimo de Technology, Entertaiment, Desing) son intervenciones de unos 10 minutos sobre dichos temas generalmente a cargo de alguien que haya destacado en su campo. Se celebran en California y dado que la entrada a las jornadas cuesta al parecer 6.000 dólares, el público no deja ningún chiste sin reir, ponen cara de pensar cuando toca y jamás se verá a nadie sesteado al fondo de la sala.

Aunque predomina el contenido académico y científico, procuran exponerlo siempre en tono didáctico y con mucho sentido del humor. De hecho también hay intervenciones directamente a cargo de humoristas, músicos y poetas, una mezcla de ciencias y letras muy curiosa. Así que iré enlazando cada cierto tiempo aquellas que me resulten más interesantes o divertidas. De momento ahí van tres charlas con un nexo en común. En la parte de abajo están el botón para añadir subtítulos en castellano.

Libertad e insatisfacción

La primera es de Dan Gilbert, profesor de psicología por la Universidad de Harvard. Habla sobre las expectativas acerca del porvenir y cómo tendemos a sobrevalorar el impacto tanto de la fortuna como de la desgracia en nuestras vidas. Señala que la “felicidad sintética” (la de la zorra cuando decide que las uvas que no podía alcanzar estaban verdes) en realidad es indistinguible de la felicidad “de verdad”, la que se obtiene cuando efectivamente logramos lo que deseamos. Pero ambas se tambalean frente a la duda que sobreviene cuando aumentan las posibilidades de elegir. A más libertad mayor insatisfacción.

Barry Schwartz, otro profesor de psicología, incide también en el problema de la libertad de elección. Más concretamente la que tenemos como consumidores ante la oferta cada vez mayor que el mercado ofrece en los países desarrollados, lo que provoca dos efectos negativos: parálisis ante la dificultad de saber cuál será la mejor opción y -si finalmente logramos decantarnos por una-  frustración al dejarnos siempre con la comezón de “tenía que haber escogido el otro, no sé yo si este será el mejor…”.

Si no hay margen de elección ante algo desagradable que nos sobrevenga podemos culpar al mundo de ello, dice Schwartz. Pero si tenemos opciones entonces la culpa pasa a ser nuestra y de ahí a la depresión hay un paso.

En torno a esta última observación coge el testigo el escritor Alain de Botton. A diferencia de la época feudal la sociedad actual, se nos dice, es meritocrática, de forma que cada uno ocuparía en la escala social el puesto que corresponde a su talento y esfuerzo. Al escarnio de la pobreza, el sistema meritocrático añade ahora la vergüenza y la culpa por serlo. Pero, dice de Botton, alcanzar hoy día la fortuna y fama de Bill Gates es tan improbable como acceder en el siglo XVII a la jerarquía de la aristocracia francesa.

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