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Alcantarillado en los tiempos del cólera

junio 25, 2010

El mapa fantasma” de Steven Jonson es un ensayo muy  recomendable narrado como si fuera una investigación policial en torno a una plaga de cólera vivida en Londres a mediados del siglo XIX y cómo proporcionó las claves para enfrentarla a un investigador de la época, John Snow. Es muy recomendable, como digo, pero tampoco imprescindible, porque para eso está este resumen.

Por entonces Londres era una ciudad de más de dos millones de habitantes que carecía de un sistema de alcantarillado moderno, por lo que las aguas fecales eran vertidas en los mismos pozos en los que se recogía el agua para su consumo. La consecuencia de esto eran plagas periódicas de cólera que se llevaban por delante miles de personas.

A nadie se le ocurrió relacionar ambas cosas porque existía la convicción entre los médicos de la época de que el cólera era una enfermedad miasmática, es decir, se trasmitía a través del aire. Londres era una ciudad célebre por su pestilencia y un foco continuo de cólera, así que una cosa debía ser consecuencia de la otra, dedujeron los expertos de aquel entonces. Quizá mientras degustaban un buen vaso de agua con sabor a mierda.

En este momento entra en escena nuestro héroe. John Snow era un médico de provincias que tras emigrar a Londres logró un gran reconocimiento como anestesista, hasta el punto de que en 1853 llegó a ser requerido por la Reina Victoria para que le suministrase cloroformo durante su octavo parto.

Apenas un año después se desató en Londres una epidemia de cólera de tal virulencia que en algunos barrios acabó con la vida del 10% de sus habitantes. En otros muy próximos sin embargo no tuvo ninguna incidencia. Esta distribución tan poco uniforme despertó la curiosidad de Snow, quien sentía cierta desconfianza sobre la supuesta naturaleza miasmática del cólera. Por su experiencia con el éter y el cloroformo conocía el modo en el que los gases se propagaban por el medio ambiente y no encajaba con la localización de los afectados.

Entonces tuvo una ocurrencia muy sencilla que no sólo le permitió dar con el origen de la plaga sino que además causó un enorme impacto en el tratamiento de datos por la ciencia moderna: buscó las estadísticas de defunciones que se publicaban periódicamente y comenzó a dibujar puntitos que las representaban sobre un mapa de la ciudad.  

Éste fue el mapa original y puede verse fácilmente cómo las muertes se concentraban en torno al surtidor de agua de Broad Street. Así que el cólera parecía transmitirse por el agua, no por el aire como señalaba la doctrina establecida. Tras lograr de las autoridades que fuera precintado, se descubrió que su pozo recibía aguas fecales de una casa vecina donde se dio el primer caso de cólera de la zona. Aunque la aceptación de las teorías de Snow no fue inmediata, con el paso de los años acabó imponiéndose y Londres construyó en 1870 un sistema de tratamiento de aguas que para 1930 ya había sido imitado en todas las ciudades industrializadas del mundo. Más adelante, en el año 1986, el grupo Toreros Muertos cantó “Mi agüita amarilla”, todo un himno a las consecuencias de un deficiente tratamiento de las aguas residuales que sin duda habría gustado a nuestro protagonista.

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9 comentarios

  1. Eso es estilo: empezar la andadura del blog con una plaga mortal causada por un río de mierda.

    No conocía esta historia, y veo que John Snow tuvo más suerte que el pobre Semmelweiss, el médico que intentó demostrar sin éxito que hacer autopsias y luego ponerse a ayudar en partos sin antes lavarse las manos no era del todo correcto.

    P & L


  2. Suscribo al caballero de las esposas.


  3. Lo sé todo sobre la mierda. ¿Ya leíste ‘La mayor necesidad’? Está en Turner y ahonda en la cosa marrón. Te lo mando en breve o, si tienes guantes, te lo doy en mano.

    Suerte con el blog. Lo peor son las seiscientas primeras entradas; a partir de ahí, se escribe solo.


  4. Venga, un extracto para que vayas abriendo boca,,

    “Para lo que se estila hoy día en términos de higiene y olor, Londres era una asquerosidad.

    Y el resto del mundo, igual. Al otro lado del canal de la Mancha, en París, las crónicas de la época refieren que los aristócratas de más alta alcurnia solían aliviar vejigas y vientres en los pasillos de Versalles y el Palacio Real.

    Le Nôtre, el diseñador de los jardines de Versalles, mandó plantar setos de gran altura para que hiciesen las veces de tabiques de excusado. En palabras del escritor dieciochesco Turneau de la Morandière, el Versalles de Luis XV era “el receptáculo de todos los horrores humanos: las galerías, los corredores y los patios están repletos de orines y materia fecal”.

    En el Kremlin, el panorama excrementicio no pintaba mucho mejor, hasta el punto de que las instalaciones sanitarias sólo mejoraron cuando se empezó a temer que el exceso de deposiciones corroyese el oro”.


  5. Pues tiene muy buena pinta ese que describes, Victor, y gracias por los ánimos. Mi objetivo es tener mayor número de lectores que de entradas, veremos. Éste del que hablaba también cuenta con imágenes de gran fuerza poética descritas por aquellos que vieron y, sobre todo, olieron el Londres de mediados del siglo XIX. Un tal Mayhew escribió esto en 1849:

    “Entonces nos dirigimos a London Street, en el nº 1 de esa calle el cólera había aparecido por primera vez hace 17 años (…) al pasar por los pestilentes márgenes de la alcantarilla, el sol brilló sobre un fino caudal de agua. A la luz del sol parecía tener el color del té verde oscuro, y a la sombra su solidez recordaba al mármol negro -de hecho parecía mas fango aguado que agua fangosa, y aún asi se nos aseguró que esa era la única agua que podían beber los miserables habitantes de la zona.

    Horrorizados ante semejante visión, constatamos cómo los inmundos contenidos de los desagües y las cloacas se vertían allí; vimos una larga hilera de retretes descubiertos al aire libre, destinados tanto a hombres como a mujeres, instalados allí mismo; oímos como cubo a cubo la porquería lo salpicaba todo; hasta las extremidades de los jóvenes vagabundos que se bañaban ahí parecían, debido al extraordinario contraste, blancas como el mármol.

    Por si fuera poco, vimos como una niña, desde uno de los balcones de enfrente, descendía una lata con una cuerda para llenar un gran cubo que tenía a su lado (…) y luego dejarlo reposar durante uno o dos días con el fin de desprender del fluido las partículas sólidas generadas por la suciedad, la polución y las enfermedades. Mientras la chiquilla sumergía su lata en el caudal con la mayor delicadeza posible, alguien vació un cubo de excrementos desde el balcón de al lado.”


  6. Es muy interesante eso que mencionas en el texto, el punto en el que por fin empezó a prender en la opinión pública la noción de que lo patógeno era el agua y no el aire. A raíz de la peste negra, y durante siglos, los europeos habían rechazado los excesos higiénicos por creer que el agua les abría los poros, dejándolos expuestos a la invasión miasmática por via aérea. (La ‘mala-aria’ es literalmente eso, un aire chungo.)

    Esto no sé dónde lo leí, pero parece ser que en la época clásica los europeos eran tan aseaditos e hidrófilos como los proverbiales árabes; fueron la irrupción de la peste bubónica y la consiguiente superstición de la roña como coraza frente a las miasmas las que acabaron con los hábitos saludables de ablución e inauguraron la costumbre europea de ‘un baño al año’. Los mejores perfumes no son franceses sin razón. Acuérdate de la famosa carta de Napoleón a Josefina: ‘Llegaré a París en tres días. No te laves’.


  7. El autor del libro en TED.com


  8. Coño, ¿un fan de 2666? Mola.
    Lo digo por Archimboldi, no por Steven Johnson…

    P & L


  9. Acabo de descubrir el blog, así que empezaré a leer las entradas poquito a poquito. Cuando leí por primera vez la historia me horroricé, la verdad es que no solemos pensar demasiado en las condiciones higiénicas de las ciudades. Como curiosidad, existe un monumento a esa “fuente de mierda” http://atlasobscura.com/place/broad-street-cholera-pump



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