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Coca-Cola, inquisidores, Carmina Burana y un billete de 100 dólares

noviembre 30, 2011

Hola, aquí traigo cuatro nuevos enlaces a artículos míos en Jot Down que espero sean de vuestro agrado. Total, es gratis:

Coca-cola, la Guerra Fría y Billy Wilder

Cómo golpear a las brujas y sus herejías con poderosa maza

El cine de acción, los perroflautas medievales y Consolatio Philosophiae

Cómo mejorar tu vida con Benjamin Franklin

 

Ah, y una entrevista que le hice a Albert Boadella.

 

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El antropólogo inocente y la abuela disecada

septiembre 18, 2011

Hola lector imaginario, aquí va un artículo que publiqué hace unos días, puedes leerlo pinchando en la foto:

dowayo pensativo

El "no" ya lo tienes

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Jot Down: actualidad, cultura, ocio, divulgación y dos huevos duros

mayo 17, 2011

Ayer quedó inaugurada una nueva web que no puede ser descrita con palabras, sólo con gestos obscenos de entusiasmo. Una publicación tan buena que me tiene como uno de sus colaboradores. Y espero que se entienda “buena” como sinónimo de calidad, no buena en el sentido de compasiva y maternal, que mira a qué clase de pobre gente es capaz de acoger en su seno.

En este primer número pueden leerse entrevistas a Luis Rojas Marcos,  Ferrán Adrià, Faemino y Cansado, Vicente Verdú, Michael Robinson, Rafael Díaz, Julio Anguita, Michelle Jenner, Manel Estiarte, Luis Auserón y Félix de Azúa.

Así como reseñas y artículos (como éste sobre la televisión, sencillamente cojonudo, aunque el hecho de que yo sea su autor pueda influir en dicha valoración) más o menos extensos, de actualidad más o menos candente, de argumentación más o menos incendiaria, pero todos ellos con algo en común: han sido escritos para ser leídos.

Espero que os guste:

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La competencia masculina en la búsqueda de pareja

abril 23, 2011

Las predilecciones del sexo que invierte –las mujeres- determinan en potencia la dirección en que evolucionan las especies. Porque la mujer es el árbitro supremo de cuándo se empareja, con qué frecuencia y con quién.

Sarah Blaffer Hrdy

El biólogo Ambrosio García Leal en su libro “La conjura de los machos: una visión evolucionista de la sexualidad humana“, retrata en este párrafo rebosante de épica el trágico destino de los elefantes marinos:

Un elefante marino posa desafiante para la foto

“Un ejemplo extremo de poliginia es el elefante marino. En la época del celo los machos dedican la mayor parte del tiempo a pelear, hasta el punto de que se olvidan de alimentarse. El acceso a las hembras está reservado a unos pocos elegidos, que deben hacer frente a continuos desafíos. Es frecuente que un macho acabe sucumbiendo al tremendo esfuerzo que exige el mantenimiento de su rango. El ansiado premio para los vencedores es la perpetuación de sus genes. Pero la varianza del éxito reproductivo es enorme. Se ha estimado que un escaso 4 por ciento de los machos engendra el 85 por ciento de las crías nacidas. Los machos no tienen opción de acceder a las hembras hasta los cinco o seis años de edad, y la mayoría no consigue copular ni una sola vez en su vida; sólo uno de cada 100 consigue superar los nueve años de edad (en comparación, las hembras comienzan a reproducirse a los tres o cuatro años y alcanzan fácilmente los 14 años de edad). Ahora bien, un macho dominante puede engendrar más de una cincuentena de hijos en una sola temporada (cinco veces más de los que concibe una hembra típica en toda su vida) y por ello está dispuesto a soportar el estrés, las heridas y el hambre con tal de conquistar una posición de privilegio, y hasta morir en el intento…”

Bien, elefantes marinos y humanos compartimos nuestro antepasado común más reciente hace unos 60 millones de años, quizá no tengan prácticamente nada que ver con nosotros… ¿o sí?

El traje es un signo de estatus, por eso gusta a las mujeres

Al fin y al cabo en toda especie en la que las hembras  queden embarazadas, su descendencia será necesariamente limitada y no dependerá demasiado de la variedad o frecuencia de su actividad sexual. No ocurrirá así con los machos, cuya descendencia podría ser casi ilimitada… siempre que logren imponerse a sus rivales.

Si nos vamos a una rama mucho más próxima de nuestro árbol genealógico veremos colgando de ella a los chimpancés, y comprobaremos que efectivamente tienen un comportamiento muy similar. Una fuerte jerarquía establecida a partir de una continua rivalidad entre machos, en la que quienes están en lo alto disfrutan de frecuentes relaciones sexuales y los de la parte baja del escalafón se quedan mirando al cielo abstraídos, quizá fantaseando con atractivas chimpancés, maldiciendo su mala suerte o preguntándose que si el universo tiene un Creador entonces éste seguramente será peludo y le gustarán los plátanos.

¿Pero qué ocurre con los humanos?

Como decía aquí según varios psicólogos evolucionistas hasta en la tribu humana más simple la necesidad de cooperación es tan intensa y compleja que eso habría llevado a reducir la competencia sexual y habría favorecido la monogamia. Por otro, dado que el embarazo e infancia en nuestra especie es tan largo que la supervivencia de las crías en el pasado habría requerido la colaboración de la pareja masculina, favoreciendo la creación de vínculos afectivos de larga duración. Sin embargo… algo queda de ese comportamiento poligínico y de la rivalidad masculina en que inevitablemente desemboca.

La psicóloga Susan Pinker (hermana del gran Steven) ve una tendencia innata en los hombres hacia una mayor competitividad, tal como dice en esta interesantísima entrevista:

 “Muchos más chicos que chicas usan la competición directa, la agresión y las tácticas físicas para conseguir lo que quieren, y claramente consideran que la competición es inherentemente divertida y satisfactoria. Por el contrario, muchas más chicas que chicos utilizan el diálogo por turnos para conseguir lo que quieren, y evitan noquear a sus oponentes en competiciones del tipo “el ganador se lo lleva todo”. Por ejemplo, en un estudio realizado con niños de cuatro años, los chicos compitieron 50 veces más frecuentemente que las chicas para conseguir ver unos dibujos animados. En un estudio sobre los hábitos de juego de niños de diez años, los chicos eligieron competir durante el 50% de su tiempo de juego. Por el contrario, las chicas sólo eligieron competir durante el 1% de su tiempo de juego.”

La importancia del estatus

Pero si hay alguien que ha estudiado las estrategias sexuales de hombres y mujeres, su comportamiento y sus deseos es David M. Buss, profesor de psicología en la Universidad de Texas y autor de un libro interesantísimo: “La evolución del deseo”. El afán masculino de competir existe en todos los ámbitos -desde los juegos de rol hasta la cantidad de cervezas que uno puede ingerir- y su finalidad (no siempre consciente) siempre la misma: adquirir un mayor estatus y con él un mayor aprecio de las mujeres, pues de acuerdo a cita de la primatóloga que abría este artículo son ellas las que finalmente ejercerán de árbitros.

La atracción del poder: parece que con las mujeres no funciona

¿Y por qué iban a mostrar las mujeres dicha preferencia? Lograr un mayor estatus, una posición más elevada dentro de la sociedad, trae consigo una mayor disponibilidad de recursos. Y cuanto mayores sean esos recursos y más disposición muestre el hombre a compartirlos con su chati (de ahí la importancia de hacer regalos), mayores posibilidades de supervivencia para la descendencia. Frente a esto se ha argüido que las mujeres habrían mostrado siempre un interés por los hombres de estatus porque emparejarse con ellos simplemente era la única vía de ascenso social dado el papel secundario al que siempre han estado relegadas. Buss replica que la preferencia por un estatus elevado en un pretendiente también se da entre las mujeres que ya están instaladas en una posición alta, y que en los hombres no hay un interés equivalente por las mujeres de estatus (entre las que la tasa de divorcio o soltería suele ser mayor, precisamente). Por tanto la posición social en la pareja masculina sería atractiva por sí misma y no sólo como un medio de servir a una ambición personal de ascenso.

Esto encaja con lo que le oí a una chica, peluquera en Carabanchel pero tan perspicaz como cualquier profesor universitario americano, hablando de algún piloto, futbolista o actor: “cuando se hacen famosos lo primero es dejar a la novia que tenían”. Es decir, cuando se adquiere un nuevo estatus, entonces se procede a buscar una pareja acorde a él, una con mejores signos de fertilidad, más joven y atractiva que la anterior. Eso en caso de que se opte por una pareja estable y no se viva plenamente un estado de poliginia con relaciones esporádicas, ese mundo de ensueño que los videoclips de raperos siempre muestran de forma tan hortera y explícita: muchas joyas, cochazos y pibitas semidesnudas alrededor del cantante.

Y es que ese afán de exhibir recursos encaja como un guante en la actual sociedad de consumo, porque la función primordial de los objetos caros no es dar mayor comodidad y placer a su usuario sino mostrar ante los demás su capacidad adquisitiva. Los objetos caros son buenos porque son caros, no son caros porque sean buenos.

No es sólo aquí, no es sólo ahora

Las medallas a exhibir nunca son demasiadas

En conclusión, sospecho, nunca llegará a haber equidad entre hombres y mujeres en los altos cargos de la política y la empresa, en la elite del arte o la ciencia. No por supuestos “techos de cristal” machistas que impiden ascender a las mujeres. Sencillamente ellas no tienen los mismos alicientes para destacar e imponerse sobre sus rivales. No se trata de una pulsión que responda a un contexto histórico y cultural determinado, sino que forma parte de la naturaleza humana por encima de épocas y lugares.

Un ejemplo bastante simpático de ello es el que cuenta el antropólogo A.R. Holmberg, acerca de un hombre de la tribu boliviana Sirionó (Que por cierto se llaman a si mismos Mbía, que significa “gente”, lo de considerar humanos únicamente a los del propio grupo no es sólo cosa de imperialistas europeos decimonónicos) que sufrió una pérdida de prestigio en el grupo porque no lograba obtener buena caza, lo cual llevó a que varias esposas lo abandonaran por mejores cazadores. Pero podemos seguir siendo amigos, imagino que le dirían. El caso es que este antropólogo, no sé si por solidaridad o a modo de experimento, comenzó a ayudarle en la caza, atribuyéndole a él las piezas obtenidas e iniciándole en los misterios del Hombre Blanco, es decir, enseñándole a disparar con escopeta. Tras ello, dicho indígena “gozaba de la máxima posición social, disfrutaba  de varias compañeras sexuales nuevas e insultaba a los demás, en vez de que los demás le insultaran a él”. Qué bonita historia.


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¿Qué están pensando los demás?

marzo 22, 2011

Los bebés de dos meses miran fijamente a los ojos; cuando tienen un año ya son capaces de mirar a donde los padres están mirando. En torno al año y medio o dos, los niños empieza a separar los contenidos de las mentes de otras personas de sus propias creencias. A partir de ahí, la empatía o capacidad de comprender el pensamiento de los demás se hace más y más compleja para adaptarse a la vida social que les espera.

 

“Sé que cree que entiende lo que pensaba que dije, pero no estoy seguro de que se haya dado cuenta de que lo que escuchó no era lo que yo quería decir

Alan Greenspan

Partiendo de dicha declaración del antiguo presidente de la Reserva Federal americana, la  investigadora del MIT Rebecca Saxe da una charla que me ha parecido interesantísima, aquí va:

En el vídeo esta moza tan simpática viene a decir que esa capacidad está alojada en una parte del cerebro llamada unión temporoparietal derecha y que se conoce como “teoría de la mente”. Una habilidad fundamental para desenvolverse en el mundo y que traemos de serie desde hace un gritón de años, como ya contaba aquí.

La importancia de la empatía

Para ligar, negociar, cooperar o engañar a los demás necesitamos tener una idea bastante precisa de qué están pensando. Dado que carecemos de una cola-pene como los na’vi de Pandora que nos impide conectar directamente nuestra mente a otra, la mejor manera de comprender el comportamiento de los otros es comprendiendo la mente que más cerca tenemos, es decir, la propia. De la misma manera que si uno conoce bien la distribución de las habitaciones de su casa podrá deducir de forma bastante precisa cómo es la de su vecino de arriba, aunque nunca haya estado en ella.

Por tanto, la autoconciencia sería una consecuencia evolutiva de la necesidad de comprender y relacionarse con los otros, puesto que desde hace seis millones de años nuestros antepasados han tenido siempre muy presente aquello de Sartre de “El infierno son los otros”. Supongo que el día que lo dijo probablemente debía andar bastante resentidillo con alguno, pero era un señor elegante y no quiso señalar.

leer el pensamiento no siempre es una ventaja

En cualquier caso la idea que señalaba sigue siendo válida: somos un animal social que necesita a los demás, pero la mayor parte de los problemas son problemas que tenemos con los demás. Así que si uno se conoce a sí mismo, conoce a las otras personas, lo que le facilitará salir airoso de los inevitables conflictos que trae consigo la convivencia. La conciencia sería una especie de espejo en el que podríamos ver reflejado nuestro comportamiento -nuestra propia mente- para así comprender la de los demás. Al menos esta es la conclusión a la que llega el profesor de psicología Nicholas Humphrey en su libro, tan breve como ameno, “La mirada interior.

Es una idea sugerente que muestra también nuestros propios límites a la hora de entender a quienes nos rodean, como por ejemplo la costumbre tan habitual de reprochar a los demás los defectos propios.“Dime qué insultos y reproches empleas y te diré cómo eres” podría decirse, como balas trazadoras que muestran a donde van pero también de donde provienen.

La incapacidad de comprender a los demás

Lo opuesto a todo ello es el autismo. La ausencia de empatía, la incapacidad de comprender que los demás están dotados de una mente, una voluntad y no son sólo cosas más o menos blandas y sonrosadas que se mueven a nuestro alrededor de forma imprevisible. El psiquiatra Simon Baron-Cohen (primo del actor de Borat, por cierto), tras haberse dedicado al estudio de niños autistas cree que básicamente coexistirían en diverso grado dos clases de capacidades mentales: la capacidad de comprender personas y la de comprender sistemas.

Dificultad para captar intenciones ajenas

La primera sería propia de “gente de letras” y en promedio esa capacidad empática según dice está más desarrollada en las mujeres, quizá por tener que adivinar las necesidades de bebés y niños pequeños. La segunda sería más propia de ingenieros, científicos y sería más habitual en hombres. Los autistas tendrían por tanto según Baron-Cohen un cerebro hipermasculino: muy dotado para la física, mecánica… etc, pero incapaz de detectar intenciones en los demás.

En línea con lo dicho anteriormente sobre lo sanísimo y socrático que es conocerse a uno mismo, aquí puede hacerse un test en castellano extraído de un libro de dicho psiquiatra, con el que saber qué grado de autismo se tiene. Y aquí otro de empatía. A mí me dio el resultado que más o menos esperaba…

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El Efecto Zeigarnik o por qué las películas con mensaje suelen acabar mal

marzo 9, 2011

Tras años y años viendo películas de todo tipo creo estar en condiciones de subirme al tonel más cercano a proclamar una verdad universal: si uno oye hablar de un “film de denuncia” que pretende transmitir algún mensaje con el que despertar las conciencias de los espectadores, puede tener por seguro que en él morirá el protagonista. Hay una explicación psicológica para ello.

Novecento

Aunque tal vez no haya un estudio científico al respecto (aunque podía habérmelo inventado y que colase, “lo he leído en internet,  será cierto”), no es una afirmación que carezca por completo de base empírica. Muchos años delante de la pantalla me avalan. Desde “El jardinero fiel” con su mensaje sobre las prácticas poco éticas de las empresas farmacéuticas y los estragos que causan en el Tercer Mundo, pasando por “La vida es bella”, “Diamantes de sangre”, “Haz lo que debas”, “Senderos de Gloria”,  cualquier film de Ken Loach y, en fin, el título que al lector se le venga a la mente, da la impresión de que una película militante -llamada también “de denuncia social” o “cine de protesta”-  ha de tener un final trágico que le haga a uno salir del cine o cerrar la página de Megavídeo con pesambre y regoello.

Para ello suele ser necesario que muera el protagonista, o en su defecto algún personaje estrechamente unido a él y que haya sido retratado previamente como la inocencia personificada. Ante cuyo cadáver el protagonista, arrodillado, alce los puños al cielo clamando justicia entre lágrimas contra sus asesinos. Bien sean nazis, terroristas, comunistas, Ku Kux Klan o policías al servicio del Apartheid o de algún régimen dictatorial tercermundista.

Bluma Zeigarnik

La explicación más inmediata es que un final trágico da el adecuado tono de seriedad que la denuncia de cualquier injusticia requiere. Pero hay otra, algo más sutil, para la que la psicóloga rusa de origen judío Bluma Zeigarnik otorgó un epónimo: el Efecto Zeigarnik. Parece que en psicología y psiquiatría hay un síndrome o efecto para toda clase de comportamientos y éste en concreto se refiere a “la tendencia a recordar tareas inacabadas o interrumpidas con mayor facilidad que las que han sido completadas”. Dice la Wikipedia que Bluma se percató de esto al observar cómo un camarero era capaz de recordar fácilmente una larga lista de pedidos pendientes y sin embargo difícilmente recordaba los platos que acaba de servir, lo que le llevó a publicar un estudio al respecto en 1927.

Lo interesante de este hallazgo estuvo en que tiene consecuencias más allá de la hostelería. En general todas las tareas inacabadas provocan estrés y resultan difíciles de apartar de la cabeza. Por ello la gente olvida tras los exámenes lo estudiado, los pilotos intentar aterrizar a pesar de que las condiciones no sean las adecuadas y cada episodio de una serie a menudo termina en un momento de gran dramatismo conocido como cliffhanger, que incita al espectador a permanecer delante del televisor la semana siguiente a la misma hora.

Esta película no acaba en boda

La importancia del desenlace

Cuando somos espectadores de una narración nos encanta que la historia se cierre, que el bueno sea reconocido, el malo reciba su castigo y que, en definitiva, el conflicto quede resuelto. Por tanto una historia con un final trágico en el que no se haya impartido justicia (“El patrón está vivo”, frase con la que concluía Novecento) es una trama irresuelta que, como una espina clavada, incita al espectador a pasar a la acción y tomar alguna clase de iniciativa para que dentro de su cabeza la historia pueda tener el final que le corresponde.

Por eso -dejando de lado el cine pero sin abandonar del todo el terreno de la ficción- en muchas reivindicaciones políticas, desde el Día de la Mujer Trabajadora  hasta la Diada catalana, se rememoran no los logros sino las derrotas y agravios sufridos. Para movilizar a la población y que busque su particular “cierre” de tales narraciones.

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