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Psicología de la guerra: cómo adiestrar a un soldado para matar

febrero 17, 2011

La guerra en el siglo XX trajo consigo unos cambios radicales en el armamento y en las tácticas de combate. Pero en ella el lugar que ocupaba el soldado también sufrió una gran transformación. Lograr de él un guerrero eficaz en este nuevo contexto pasó a convertirse en el objetivo de la cada vez más pujante ciencia de la psicología.

La incorporación de nuevas armas que permitían matar a grandes distancias convirtió los campos de batalla de las grandes guerras modernas en escenarios insólitamente desolados. El avance en formación con el que dirigir a los soldados forzándolos a combatir ya no era viable. La historiadora Joanna Bourke describe en su imprescindible ensayo “Sed de sangre” cómo los generales tuvieron entonces un nuevo enemigo al que hacer frente: la pasividad de las tropas para luchar.

Ante un campo de estudio tan inabarcable como la guerra en el siglo XX, Bourke limita su investigación a tres países (Estados Unidos, Gran Bretaña y Australia) y a tres conflictos en los que estuvieron implicados, las dos guerras mundiales y la de Vietnam.

Senderos de gloria

En tiempo de guerra todo agujero es trinchera

Durante la Primera Guerra Mundial se estimaba que sólo un 10% de los soldados eran “valientes”. Fueron habituales los pactos tácitos de no agresión en diversos puntos del frente, como la conocida Tregua de Navidad de la que Paul McCartney hizo un pasteloso videoclip, así como la renuencia de los soldados a salir de sus trincheras para asaltar al enemigo, obligados a menudo por sus capitanes a punta de pistola.

Ya en la Segunda Guerra Mundial, un estudio emprendido por el coronel S.L.A. Marshall en los frentes europeo y Pacífico durante la II Guerra Mundial, reveló que apenas el 15% de los soldados americanos dispararon sus armas contra el enemigo, a pesar de que el 80% llegó a tenerlo a tiro en algún momento.

¿Cómo motivar a los soldados para matar?

Puesto que dichas guerras fueron protagonizadas por soldados reclutados forzosamente, el primer paso para cambiar la mentalidad de un civil y transformarlo en un soldado letal estuvo en atacar sus escrúpulos morales. Dado que tradicionalmente los principios éticos han estado anclados en creencias religiosas era primordial proveer de adecuadas justificaciones teológicas para matar al enemigo.

El recurso habitual consistía en considerar al soldado en concreto y al ejército del que formaba parte como un  instrumento de Dios para castigar a los pecadores. El “no matarás” podía sortearse interpretando que se refiere al asesinato y una muerte ocurrida en un campo de batalla no lo sería, al ser ordenada por una autoridad legítima y en beneficio de una comunidad.

Por otra parte, respecto al mandamiento cristiano de perdonar al enemigo “70 veces 7” se señaló que sólo valía si mediaba arrepentimiento y -si aún quedaba reticente algún soldado especialmente atribulado- todavía quedaba en la bolsa de trucos eclesiástica el argumento esgrimido por el Arzobispo de York durante la Segunda Guerra: dado que las almas son inmortales los soldados deben encargarse únicamente de acabar con los cuerpos de los enemigos, algo de poca relevancia moral. Así que basta de darle vueltas.

Enumerar estas razones era una de las labores de los capellanes militares. Una figura presente en los ejércitos de diversas épocas -hay constancia de ellos en la Inglaterra del siglo XIII- cuya función es dar legitimidad a la lucha con su papel de árbitros morales, absolver a los soldados de sus pecados y recordarles en todo momento que Dios está de su lado.

Del capellán al psicólogo

El problema es que un capellán tiene una autonomía y credibilidad semejante a la del defensor del lector de un periódico. Aunque hoy en día siguen existiendo, el progresivo laicismo de las sociedades occidentales a lo largo del siglo XX y el paralelo auge en el prestigio de la ciencia fueron reduciendo el papel de los capellanes en concreto y la religión en general para dar paso a una nueva autoridad moral: la de los psicólogos.

Estos nuevos expertos en el alma humana prometían no sólo reducir las bajas de soldados por “crisis nerviosas” sino investigar nuevas maneras de inculcarles un adecuado espíritu de lucha. Investidos de esta nueva autoridad, los psicólogos al servicio de los ejércitos estadounidense, británico y australiano se lanzaron con entusiasmo a elucubrar sobre la aptitud del soldado ideal con las herramientas teóricas de moda en la primera mitad del siglo: la psicología de masas y la jerga esotérica freudiana.

Animal

Mejor tú que yo

Así, unos sostenían que matar al enemigo era una forma simbólica dematar al padre. Otros, que era una sublimación de la homosexualidad o, en palabras de Charles Berg “una dramatización de tales fantasías inconscientes, un modo emocionalmente todopoderoso y orgiástico de relacionarse con hombres y no con mujeres”. Consideraron también que el mejor soldado era el psicópata y recomendaron reclutar prioritariamente a jóvenes que hubieran pasado por reformatorios y cárceles.

Creían además que la guerra era una regresión a instintos violentos reprimidos por la sociedad, por lo que se incentivó el entrenamiento con la bayoneta (pese a que durante la primera guerra esta arma sólo provocó el 0,5% de las muertes) y que requería movimientos automatizados. Por lo que aconsejaron un entrenamiento basado en la repetición acompasada de movimientos hasta que el soldado llegara a interiorizarlos de tal modo que pudiera repetirlos robóticamente por muchos disparos y explosiones que le rodeasen. Una doctrina que sigue vigente hoy día por cierto, y que es la base de los milimétricamente ajustados desfiles militares.

Para mitigar el miedo a una situación de combate se promovió un entrenamiento con fuego real, maniquíes a los que disparar e, incluso, en el caso del ejército británico durante la 2º Guerra, se llevó a algunos reclutas a mataderos para que se familiarizasen con la sangre y las vísceras y en sus cargas de bayoneta eran salpicados con sangre de oveja.

recluta patoso

someter a humillaciones a los reclutas

Otra idea que gozó de reconocimiento ( y que queda reflejada en “La chaqueta metálica”) era que someter a humillaciones a los reclutas durante el entrenamiento permitiría que acumulasen un odio que luego descargarían sobre el enemigo. En palabras del marine muerto en Vietnam Edward Marks “Las primeras dos semanas aquí te reducen a nada; te hacen sentir menos que una serpiente en un hoyo, y las siguientes 8-10 se dedican a reconstruirte, a la manera del cuerpo de marines”.

Cómo incitar a odiar al enemigo

Para lograr que los reclutas odiasen tan intensamente al enemigo como para desear matarlo, los tres ejércitos que analiza nuestra historiadora promovieron toda clase de pasquines y folletos en los que se mostraban fotografías de los crímenes que el enemigo estaba cometiendo contra las propias tropas. La sed de venganza haría el resto. Pero un recurso especialmente eficiente fue, en tales guerras y en la mayoría de conflictos humanos que en el mundo ha habido, el racismo. Un resorte extraordinariamente eficaz para favorecer la violencia, como se ha demostrado en infinidad de ocasiones y lugares

En la Segunda Guerra Mundial podía verse claramente en los dos frentes abiertos, el europeo y el pacífico. El 67% de los reclutas estadounidenses era partidario de que la raza japonesa fuese aniquilada por completo, frente al 29% que deseaba la misma suerte a los alemanes. Ya en la Guerra de Vietnam, el sargento Scott Camil de la 1º División de Marines explicaba “era como si no fuesen humanos (…) cuando disparaban a alguien no pensabas que estaban disparando contra un ser humano. Era un amarillo o un comunista, así que no había problema”.

body count

“tengo 157 caras amarillas cargados... y 50 búfalos también, todos con certificado”

Un recurso para deshumanizar al enemigo y evitar titubeos a la hora de apretar el gatillo fue el “body count”. El número de bajas contabilizado pasó en Vietnam a ser el principal indicador de habilidad militar y lograr ciertas cifras era recompensado con cerveza y permisos. Lo que llevó a menudo a que se exageraran las cifras.

Cómo se justifica el soldado ante sí mismo

Pero tras tanta propaganda, entrenamiento y adoctrinamiento en las reglas de enfrentamiento, queda aún el punto de vista subjetivo del soldado. De qué manera ya en plena batalla o tras ella es capaz de evitar sentimientos de culpa ante las muertes que provoca. Bourke ha reunido un extenso número de testimonios de veteranos de guerra que resume en cinco justificaciones fundamentales: Obediencia, reciprocidad, venganza, despersonalización y deportividad. Dependía de cada soldado y del escenario de guerra en el que se hubiera visto inmerso el añadir más o menos cantidad de cada uno de esos ingredientes en su autojustificación.

La idealización romántica del combate y las vivencias de alienación (testimonios que inciden en que todo lo que les rodeaba parecía irreal, como una película, o que se veían a sí mismos desde fuera) ayudaron a muchos soldados a ver su participación en la guerra como un paréntesis, algo ajeno, y regresar con normalidad a sus vidas pese al recurrente arquetipo del veterano como un ser permanentemente atormentado al estilo de nuestro héroe del Vietnam favorito, John Rambo. Porque como dice Bourke “incontables estudios han mostrado que cuando se encuentra en una situación extraordinaria la gente común actúa de modos que en circunstancias normales le son por completo ajenos”.

Para saber más:

- Sed de sangre: historia íntima del combate cuerpo a cuerpo en las guerras del siglo XX, Joanna Bourke

- La chaqueta metálica, Stanley Kubrick. No pongo enlace para verla online que me cierran el blog

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