
Evolución y prosopopeya: por qué atribuimos cualidades humanas a la naturaleza
junio 29, 2010Descubrimos caras humanas en la Luna, ejércitos en las nubes. Y por una natural inclinación, si ésta no es corregida por la experiencia o la reflexión, atribuimos malicia o bondad a todas las cosas que nos lastiman o agradan. De ahí el repetido uso y belleza de la prosopopeya en la poesía, donde árboles, montañas y arroyos son personificados y las fuentes inanimadas de la naturaleza adquieren sentimientos y pasiones.
David Hume, Historia natural de la religión
“¡Vi que lo besaste!”, “Es verdad”
“¿Y la modestia?” “se mantuvo estrictamente:
Él me pensó dormida; al menos yo sabía
que él pensaba que yo pensaba que
él pensaba que yo dormía.”
Coventry Patmore, “The kiss”

¡Ho, ho, ho!
Daniel Dennett es un filósofo norteamericano que en lugar de entretenerse hablando de la brecha entre lo óntico y lo ontológico ha preferido volcarse en la ciencia y más concretamente en la reflexión en torno a la biología evolutiva. Aunque viendo su aspecto parece que también reparte regalos a los niños por Navidad. Uno de sus últimos libros es “Romper el hechizo“, en el que realiza conjeturas sobre el posible origen evolutivo de la religión. Quizá criticar en Estados Unidos la religión es jugar en campo rival y se presenta con tal humildad, razonando pasito a pasito, concediendo la razón en ocasiones a sus adversarios (¡pfff, nenaza!) que, en definitiva, como aportación al debate público es razonable y valiosa… pero al final acabas echando en falta algo de la garra y el sarcasmo de Richard Dawkins cuando se pone a tratar ese tema.
Pero mi propósito no era tanto resumir el libro para ahorraros su lectura como detenerme en una de las ideas centrales que expone, la denominada en el ámbito de la psicología como “Teoría de la mente”, que Dennett prefiere llamar “perspectiva intencional”.
El mundo es un lugar hostil

Almeja de fuego
Todo ser vivo necesita interactuar con su entorno para alimentarse y protegerse de sus depredadores. Una almeja por ejemplo reaccionará ante cualquier vibración que perciba escondiendo su tentáculo de alimentación dentro de la concha. Y ahí se acaban sus recursos, quizá por ese motivo nunca una de ellas ha escrito su autobiografía. El problema que le presenta este mecanismo defensivo es que provoca muchos “falsos positivos”, reaccionando continuamente a movimientos en torno suyo que no son de ningún potencial depredador.
Por ello la mayoría de los animales han desarrollado sistemas de detección más sutiles que son capaces de distinguir entre movimientos banales, como la agitación de las hojas por el viento o de las algas por las corrientes marinas de los movimientos animados de depredadores, presas o posibles parejas. Y muchos de ellos, además, son capaces de distinguir dentro de esos movimientos animados aquellos ante los que hará falta anticiparse: ¿Me atacará o huirá?, ¿se moverá a la izquierda o a la derecha?, ¿retrocederá si lo amenazo?, ¿me estará viendo ya? Esto es contar con una “teoría de la mente” o lo que Dennett llama la “adopción de la perspectiva intencional”. Una habilidad mental por la que se pasa a considerar a los seres que nos rodean como agentes dotados de intención.
Y como cualquiera que haya visto algún documental de animales sabe, en el momento que surgen estas preguntas en los pequeños cerebritos animales, aparecen por medio de la selección natural respuestas en formas de engaño cada vez más sofisticadas en la incesante carrera armamentística que es la evolución. Agazaparse delante de una presa o depredador, por ejemplo, es un gesto enormemente sofisticado porque supone adoptar el punto de vista del otro y comportarse de acuerdo a él.
Maquiavelos peludos

¿Qué estará pensando de mí?
Pero la cosa se complica aún más cuando entran en escena los animales sociales. Aquellos que además de interactuar con el entorno deben relacionarse con los miembros de su grupo, con todas las ventajas e inconvenientes que eso conlleva. Como dice Steven Pinker “Toda criatura social se halla en equilibrio tenso en lo que es sacar todos los beneficios y sufrir los costes que supone la vida en grupo. Esa situación crea una presión para obtener un balance correcto gracias al hecho de ser más listo. En muchas clases de animales, las especies con cerebros mayores y las que se comportan de forma más ingeniosa, son sociales: las abejas, los periquitos, los delfines, los elefantes, los lobos, los leones marinos y, cómo no, los monos, los gorilas y los chimpancés. (los orangutanes, ingeniosos, pero casi solitarios, constituyen una enigmática excepción) los animales envían y reciben señales para coordinar la actividad depredadora, la defensa, la búsqueda de comida y el acceso colectivo a las relaciones sexuales. Intercambian favores, compensan y contraen deudas, castigan a los tramposos y forman coaliciones.” Esta compleja vida social pasa por tanto a convertirse en una ampliación del campo de batalla evolutivo, logrando más descendencia quienes mejor se adapten a ella. En la vida de un chimpancé las relaciones sociales dentro de la tribu llegan a ocupar si no recuerdo mal en torno al 80% de su tiempo hábil. ”El mono que llevamos dentro” de Frans de Waal, da una buena idea del mundo de contínuas conspiraciones, alianzas y traiciones en las que viven inmersos.
Según varios autores esa competencia con los iguales habría sido el acicate principal en el desarrollo del cerebro del ser humano antes que las exigencias del hábitat. Pinker es algo más prudente al respecto, considera el cerebro una especie de navaja suiza formada por módulos especializados (no necesariamente ubicados en partes determinadas del cerebro sino como una especie de software, en el libro suyo enlazado lo explica extensamente, mejor no me enredo en esto), y cree que también contamos con una inteligencia mecánica, además de la social, de una complejidad comparable.
En cualquier caso, lo que sí nos ha dejado bien incrustado en la sesera es el gusto por el cotilleo, ya sea sobre vecinos, compañeros de trabajo o los personajes de una serie. También la mencionada afición por la prosopopeya, el animismo o la tendencia a imaginar esa voluntad/mente/agente intencional como una especie de esencia invisible que habita temporalmente el cuerpo de una persona y que luego puede vagar fantasmal tras su muerte.
De la misma manera que la almeja se cerraba ante falsas amenazas, nuestra mente modelada por milenios de evolución en un entorno de intensa vida social nos haría por tanto caer fácilmente en errores de percepción sobre supuestas voluntades detrás de cada fenómeno natural, de cada cosa que nos suceda (interpretada en términos de castigo o recompensa a nuestro comportamiento) o a hacernos preguntas filosóficas equivocadas acerca de quién y por qué hizo el Universo, para qué estamos aquí o a donde irá nuestra voluntad/alma tras morir.
Apasionante la teoría sobre el despegue meteórico de la inteligencia en la competición con primates similares. El día que podamos ver esto ilustrado con más detalle (y un poco menos burdamente que “En busca del fuego”, a la que nunca podré destrozar por su valor emocional en mi educación) va a ser como 2001 pero más.
[...] desenvolverse en el mundo y que traemos de serie desde hace un gritón de años, como ya contaba aquí. La importancia de la [...]